Reseña de Cómic
Moisés, el primer Superman
Una relectura del mito del primer superhéroe
Varios autores

Humberto da Silva
@humdasilva
humbertodasilva.com


 

La lectura del artículo dedicado a los evangelios apócrifos en el número de abril de Historia National Geographic no me trajo una revelación enteramente nueva, pero sí devolvió con fuerza una serie de intuiciones y asociaciones que desde hace tiempo acompañan otros aspectos de mi vida. Dio, sobre todo, el impulso necesario para convertirlas en el presente artículo: compartir ciertos conocimientos y reflexiones sobre el símbolo y el mito, tan presentes en otras zonas de mi vida y experiencia, y acercarlos a otra de mis pasiones, la lectura de tebeos.

Porque cuando uno se acerca a los relatos de la infancia de Jesús, a sus ampliaciones apócrifas y a la manera en que la Tradición fue rellenando silencios, detallando episodios y fijando rasgos que con el tiempo acabarían pareciendo naturales, resulta difícil no pensar también en cómo la cultura popular moderna ha ido ampliando, corrigiendo y volviendo a dar significado a sus propios héroes. Y Superman, quizá más que ningún otro, pertenece ya a esa categoría de figuras que desbordan su soporte original y entran de lleno en el territorio del mito.

No se trata, por tanto, de plantear una identificación simplista entre Superman y Moisés o entre Superman y Jesucristo, sino de comprender cómo el personaje nace sobre una base claramente más cercana al relato mosaico, cómo después adquiere una pátina cristológica cada vez más intensa y cómo nuestro presente, tan polarizado y tan necesitado de orientación, vuelve a reinterpretarlo según sus propias ansiedades, sus propios deseos y sus propios miedos.

Moisés: el Superman bíblico

Si se parte del origen del personaje y no de su recepción posterior, el paralelo más firme sigue siendo Moisés.

El niño salvado de una destrucción inminente, separado de su pueblo, confiado a otros padres y destinado a una misión excepcional pertenece de lleno al imaginario de Éxodo 2. En ambos casos hay exilio, preservación, excepcionalidad y una identidad escindida entre el origen y el mundo de acogida. Kal-El, como Moisés, pertenece y no pertenece. Procede de un pueblo que ya no puede habitar, pero su formación moral tiene lugar en otra tierra.

Ahora bien, Moisés no es solo el niño salvado. Es también el portador de la Ley. El mediador que asciende, recibe y desciende con unas tablas. El que delimita, ordena, manda, prohíbe y fija un marco. Y además obra prodigios que, leídos con ojos contemporáneos, lo acercan bastante a la lógica del superhéroe: transforma su vara en serpiente ante el faraón, abre las aguas del mar Rojo, actúa como instrumento visible de una fuerza superior. No cuesta demasiado entender por qué, en una sensibilidad moderna, Moisés puede ser leído casi como una figura protoheroica, un antecedente bíblico del héroe de poderes extraordinarios.

La tradición judía clásica articula la relación con lo divino a través de la norma, del precepto, del hacer y del no hacer. Los 613 mitzvot expresan precisamente ese horizonte: una santificación de la vida a través del mandamiento. No se trata de reducir el judaísmo a una religión de normas, ni de establecer jerarquías apresuradas entre tradiciones. Pero sí conviene señalar que, en determinadas corrientes del pensamiento occidental y muy particularmente en el llamado cristianismo esotérico, el paso del judaísmo al cristianismo ha sido entendido como una evolución de conciencia: de la ley exterior a la interiorización, del mandato a la conciencia, del “haz esto” a la transformación del ser.

Jesucristo/Clark Kent: Superman se hace carne

Si Moisés explica el origen de Superman, Jesucristo explica mejor su evolución simbólica dentro de la cultura occidental.

Porque también Jesucristo, en la narrativa cristiana, aparece como alguien que no pertenece del todo a este mundo. José no es su padre en el sentido biológico, y María tampoco es su madre en un sentido ordinario, pues la concepción virginal sitúa su origen fuera de la lógica humana habitual. El cristianismo lo presenta, por tanto, como alguien enviado desde otro plano. Y eso, leído desde el lenguaje del cómic, lo vuelve también una figura extraña, casi alienígena: alguien que desciende de un orden superior a un mundo que no es verdaderamente el suyo. No por casualidad, según el evangelio, él mismo afirma ante Pilato: “Mi reino no es de este mundo”.

De hecho, esa construcción del origen de Jesucristo servía también para dotar de legitimidad a su papel no ya como simple profeta, sino como Mesías. Y ahí se produce una continuidad y a la vez una ruptura con Moisés. Continuidad, porque sigue habiendo misión, excepción y envío. Ruptura, porque el acento ya no cae tanto en la ley recibida desde arriba como en la encarnación de una verdad que atraviesa el corazón del hombre.

El Antiguo Testamento mantiene con fuerza la distancia entre lo divino y lo humano: Dios arriba, el hombre abajo; Dios en el cielo, el hombre en su hormiguero. El cristianismo, en cambio, y de forma muy particular ciertas lecturas del cristianismo esotérico presentes en corrientes de inspiración masónica y rosacruz, introduce una afirmación radical: que lo divino no se limite a permanecer fuera del hombre, sino que pueda revelarse y actuar también dentro de él y de su ámbito.

De ahí que la diferencia entre Moisés y Jesucristo no sea solo narrativa, sino espiritual. Moisés trae la Ley. Jesucristo atraviesa la tentación. No dice únicamente “no hagas esto”; mira de frente la posibilidad del mal y decide no realizarlo. Según sus propias palabras, no viene a abolir la ley, sino a cumplirla, pero quiere llevarla a otro grado, darle otra profundidad.

Y aquí el episodio del desierto deja de ser un adorno teológico para volverse enormemente útil al hablar de Superman. ¿Por qué se pone ese ejemplo? Porque es exactamente el ejemplo que surge siempre cuando se piensa en el héroe omnipotente: ¿por qué Superman no va y quita a tal dictador, luego al otro y luego al siguiente? ¿Dónde terminaría ese gesto? Porque hoy existen incluso gobiernos elegidos democráticamente que se revelan cada vez más dictatoriales en su forma de ejercer el poder. ¿Invadiría entonces Estados Unidos y sacaría a Trump de la Casa Blanca? La pregunta, llevada al extremo, sirve para iluminar el problema real: no basta con poder hacerlo. Hay que decidir si debe hacerse. Y esa decisión ya no pertenece al terreno de la fuerza, sino al de la conciencia.

Leído desde ahí, el desplazamiento cultural de Superman desde Moisés hacia Jesucristo se vuelve mucho más comprensible. Ya no se trata solo del niño enviado desde el cielo, sino del ser que recuerda al hombre que el potencial de compasión, de bondad, de empatía y de sacrificio no está enteramente fuera de él. En su evolución simbólica, Superman deja de ser solo salvador exterior y empieza a funcionar como recordatorio de los “superpoderes” latentes en la conciencia humana.

Luca Giordano – Apolo en su carro

El (Super)hombre solar: siglos después, los cómics recuperan a Apolo

Conviene recordar, además, que la cristianización simbólica de Jesucristo no se produce en un vacío. El cristianismo nace y crece en un mundo donde el lenguaje de la luz, del sol y de la mediación divina ya tenía un enorme peso religioso. No hace falta reducir a Jesucristo a un simple heredero de Apolo, Helios, Mitra o los cultos solares del Mediterráneo antiguo para reconocer que su figura acabó siendo leída también desde ese horizonte luminoso y cósmico. La propia iconografía cristiana primitiva da testimonio de ello cuando representa a Cristo con rasgos cercanos a los del héroe o dios solar.

Algo parecido ocurre con Superman. Su conexión con la energía del sol amarillo no pertenece del todo al núcleo más antiguo del personaje, sino a una formulación posterior que terminó volviéndose central. En ese desplazamiento hay algo más que una explicación de poderes: hay también una transformación simbólica. Superman deja de ser solo el extranjero excepcional o el Moisés enviado desde otro mundo y se convierte cada vez más en una figura solar, luminosa, energizada por la claridad. Y ahí el personaje empieza a rozar no solo el relato mosaico o la lectura cristológica, sino también una dimensión mucho más amplia del héroe solar moderno.

 

El nombre y la huella semítica

Hay además un detalle que siempre ha estado ahí, a plena luz del día: el El en los nombres kryptonianos. Kal-El. Jor-El. Ese El remite con claridad al imaginario semítico de lo divino. No hace falta forzar el dato para advertir que la huella judaica del personaje no está escondida. Está inscrita en su propio nombre.

Ese detalle resulta todavía más significativo si se recuerda que los creadores de Superman, Jerry Siegel y Joe Shuster, eran hijos de familias judías inmigrantes de Europa del Este, y que no fueron en absoluto una excepción dentro del ecosistema del cómic estadounidense de aquellos años, donde la presencia de autores judíos fue especialmente relevante. Superman no nace, por tanto, en un vacío cultural, sino en un contexto marcado por la experiencia del desarraigo, de la integración difícil, de la doble pertenencia y de la necesidad de imaginar figuras de fuerza, justicia y excepción capaces de responder a un mundo hostil. Leer a Superman desde Moisés no es, en ese sentido, un capricho interpretativo, sino una forma de devolver el personaje a una parte muy visible de su suelo original.

Y justamente por eso resulta tan interesante observar cómo la cultura occidental ha ido desplazando el personaje desde ese suelo judaico originario hacia una lectura progresivamente más cristológica. No porque el origen desaparezca, sino porque Occidente relee siempre desde su propia sensibilidad histórica y espiritual.

Los evangelios apócrifos y la ampliación del mito

Los evangelios apócrifos ayudan mucho a pensar este proceso porque muestran con claridad cómo trabaja una tradición viva. El Protoevangelio de Santiago, el Evangelio de la infancia de Tomás, el Evangelio árabe de la infancia y el Evangelio armenio de la infancia no son simples curiosidades eruditas. Son testimonios de una necesidad cultural y espiritual muy reconocible: la de ampliar, concretar y volver narrable una figura sagrada cuya infancia había quedado apenas esbozada en los textos canónicos.

Por otro lado, el Protoevangelio de Santiago desarrolla con especial intensidad la figura de María y contribuye a reforzar una sensibilidad devocional y mariológica muy marcada. El Evangelio de la infancia de Tomás, en cambio, se mueve por un camino más inquietante. Presenta a un Jesús niño todavía no domesticado por la dulzura posterior, poderoso y a ratos áspero, capaz incluso de castigar de forma terrible. El episodio del niño muerto a causa de su palabra o de su gesto, por escandaloso que resulte hoy, posee un enorme valor simbólico para este artículo: revela hasta qué punto lo sagrado es también imaginado según el nivel de conciencia de quienes lo narran. También ahí aparece el dios hecho a imagen y semejanza del hombre.

Y es precisamente ahí donde el paralelo con Superman gana una fuerza particular. Porque también Superman ha sido completado, corregido, endurecido, dulcificado y politizado por las generaciones que lo heredaron. El mito no se conserva intacto: se amplía y se reescribe.

Three Magi mosaic – Sant’Apollinare Nuovo – Ravenna — © José Luiz Bernardes Ribeiro

Los tres reyes magos, un ejemplo de retrocontinuidad

El Evangelio armenio de la infancia ofrece un ejemplo excelente. Allí los tres reyes magos aparecen ya como Melkʿon, Baltʿasar y Gaspar, reyes de Persia, India y Arabia. Lo importante del dato no es solo su curiosidad, sino el mecanismo que lo hace visible: un añadido posterior entra en la tradición y termina siendo percibido como natural.

En lenguaje comiquero contemporáneo, podría hablarse aquí casi de retrocontinuidad. Un detalle no originario que, con el tiempo, parece haber estado siempre ahí. Eso vale para los tres reyes magos. Y vale también para Superman. Gran parte de lo que hoy se entiende como “esencial” en el personaje pertenece, en realidad, a sus sedimentaciones posteriores.

Lois Lane y la evolución de la figura femenina

Ese mismo proceso se deja ver en la figura de Lois Lane. En los primeros tiempos del personaje, como ocurría en tantos relatos clásicos, la figura femenina podía quedar relegada a la amada, a la periodista intrépida o a la damisela ocasionalmente rescatada. Sin embargo, con el paso del tiempo, Lois se vuelve otra cosa: conciencia moral, contrapunto ético, inteligencia activa, vínculo decisivo con el mundo humano y, en las últimas décadas, incluso figura capaz de entrar ella misma en el espacio heroico.

No hace falta forzar un paralelo lineal con María o con María Magdalena. Basta con observar que, del mismo modo que las tradiciones religiosas fueron desarrollando la presencia femenina en torno a lo sagrado, la mitología de Superman también ha ido otorgando a Lois un peso cada vez más central. El mito madura también en ese punto.

John Byrne by Luigi Novi

John Byrne y la Yejidá

Si Moisés explica el origen y los apócrifos enseñan cómo se amplía una tradición, John Byrne permite vislumbrar otra cosa: la encarnación de Superman en lo humano. Su The Man of Steel reorganiza de forma decisiva la mitología moderna del personaje y desplaza su centro de gravedad desde Krypton hacia Clark Kent y su experiencia terrestre. Ya no estamos tanto ante un ser superior que finge humanidad, sino ante alguien cuya identidad moral se forma aquí, entre nosotros.

En este punto resulta fértil abrir un pequeño paréntesis cabalístico. La Yejidá (Yechidah), en la Kabbalah, puede entenderse como la unidad absoluta o la unidad indivisible. No es un estrato más, sino el núcleo en el que la separación entre lo de arriba y lo de abajo se recoge y se supera.

Leído desde esa clave, el Superman de Byrne resulta especialmente sugerente. Cuando el héroe solar toca tierra, deja de ser simple trascendencia y se vuelve presencia interiorizable. En vez del viejo esquema “yo soy yo y Dios es Dios”, el movimiento cristiano introduce una afirmación mucho más arriesgada y, para la sensibilidad religiosa de su tiempo, mucho más escandalosa: que la distancia entre lo divino y lo humano no es absoluta. En ese sentido, la frase “El Padre y yo somos uno” no solo expresa una teología, sino también una ruptura de conciencia.

Byrne fija algo de esa intuición en el terreno del cómic. Su Superman ya no impresiona solo por su altura, sino por su encarnación. No es grande porque permanezca separado, sino porque habita de lleno la experiencia humana sin dejar de traer consigo una dimensión superior.

Y, si uno quisiera permitirse un guiño medio serio y medio jocoso, casi podría decirse que en esta transición del Superman mosaico al Superman más encarnado y cristológico hubo un pequeño Juan el Bautista preparando el camino. En ese papel, John Byrne no quedaría nada mal.

Christopher Reeve as Superman

Richard Donner y Christopher Reeve: el Superman de la verdad

Antes de llegar a Snyder y a Absolute Superman, hay que detenerse en Richard Donner y en el Superman de Christopher Reeve. Ahí el cine fijó para generaciones enteras una imagen del personaje asociada a la verdad, la bondad, la compasión y a una cierta pureza moral.

Ese Superman podía decir algo tan simple como “yo nunca miento”, y no sonaba trivial. Sonaba fundacional. En él, el poder aparecía todavía reconciliado con la verdad y con una nobleza esencial. No era un cínico. No era un soberano triste. Era, en gran medida, una imagen luminosa del héroe.

Y ese modelo pesa todavía mucho, porque se convirtió para buena parte del público en la medida con la que juzgar todo lo que vino después.

El Superman de Zack Snyder

Zack Snyder y un Superman más humano, con todo lo que ello implica

Y entonces aparece Zack Snyder, con toda la incomodidad que ello trajo consigo.

La muerte de Zod en Man of Steel sigue siendo uno de los momentos más discutidos del personaje en el cine. Pero lo interesante no es repetir el debate fan, sino leer lo que esa escena pone sobre la mesa. Ese Superman se encuentra en un límite donde no confía en que exista una salida mayor que contenga el Mal. No espera un orden más alto que lo resuelva. No cree —o no puede creer— en una redención abstracta que salve a todos sin atravesar la decisión trágica.

Por eso me parece que el Superman de Snyder es, en el fondo, un Superman contenido en sí mismo. Un Superman sin fe. Sin fe en que la justicia, el mundo o una fuerza mayor vayan a limitar el Mal si él no lo hace. Y ahí se vuelve mucho más humano. Demasiado humano, quizá. Ve el horizonte, pero no ve más allá del horizonte.Y, con ello, carga con la responsabilidad del mundo a sus espaldas. En cierta manera, sacrifica su humanidad por la Humanidad.

En otras versiones del personaje, pervive todavía una confianza en algo semejante a una redención mayor, en una economía más amplia del bien, en una especie de deus ex machina. No como recurso barato de guion, sino como intuición metafísica de que el bien puede abrir una salida inesperada. El Superman de Snyder parece haber perdido esa fe.

Por eso, simbólicamente, ese Superman no deja vivir a Barrabás, porque no se puede permitir que Barrabás siga viviendo. No elige la paciencia y la compasión absolutas del Gólgota. No perdona al que sigue mirando para matar. Interviene. Decide. Ataja. Y aunque eso pueda alejarlo de un Superman más alto espiritualmente, también lo transforma en una oportunidad muy poderosa para pensar la condición humana contemporánea.

Personalmente, sigo sintiendo bastante más curiosidad por ver hacia dónde habría llevado Snyder esa tensión que por asistir a la próxima superficialidad de James Gunn.

Absolute Superman: salvar a la Humanidad de sí misma

Todo esto encuentra un eco contemporáneo muy claro en Absolute Superman (leer reseña). Aquí estamos ante una versión del personaje mucho menos inhibida frente a las estructuras que producen daño. El marco del Absolute Universe, heredero del espíritu de los Elseworlds aunque con lógica propia, permite justamente eso: tensar el mito sin comprometer la continuidad principal.

No se buscaba repetir al Superman de siempre, sino tensar de verdad el personaje. Y eso es exactamente lo que este universo persigue también con otras cabeceras como Absolute Wonder Woman o Absolute Batman (leer reseña).

De hecho, en Comicverso ya hemos rozado tangencialmente esta cuestión en el artículo sobre personajes inspirados en Superman, que puede complementar bien esta reflexión.

Jason Aaron y una sensibilidad distinta

No hace falta abrir demasiado el melón de Jason Aaron, pero sí señalar algo importante: no está ahí para hacer un Superman conservador. Aaron procede de un entorno sureño y de una educación religiosa estricta, y él mismo ha contado que creció muy marcado por el mundo baptista antes de que su fe empezara a resquebrajarse. Esa fricción con la religión heredada, visible también en obras como Southern Bastards y en otras zonas de su trayectoria, ayuda a entender por qué DC pudo considerarlo adecuado para empujar al personaje hacia un terreno más social, más conflictivo y menos mesiánico en el sentido clásico.

Ese Superman ya no es un Cristo que se entrega en una cruz porque espera que cada uno reflexione sobre sus actos y decisiones. Es, más bien, un Superman que parece asumir que la lucha social obliga también a adoptar una posición, a tomar partido y a aceptar que la neutralidad puede convertirse en otra forma de complicidad.

Eso enlaza también con una obra como Second Coming, interesante precisamente porque enfrenta al lector con la distancia entre la idea que tiene de Cristo y lo que Cristo realmente diría o haría si volviera siendo fiel a su primera venida. Esa tensión, leída en paralelo, ayuda mucho a pensar el problema de Superman: no qué queremos que sea, sino qué sería si fuese de verdad coherente consigo mismo y su mensaje en nuestro presente.

Grant Morrison y el superhéroe como mito moderno

A este recorrido le falta todavía una pieza importante: Grant Morrison. Y no solo porque haya escrito algunas de las páginas más influyentes del personaje, sino porque en Supergods formula de manera muy consciente algo que este artículo ha venido rozando desde el principio: que el superhéroe moderno no es ya solo un producto de entretenimiento, sino una forma contemporánea del mito.

Morrison no sirve aquí para explicar el origen de Superman, sino para mostrar todo lo que el personaje ha llegado a contener. Su mirada convierte al héroe en un recipiente de aspiraciones espirituales, éticas, solares y simbólicas que la modernidad ya no sabe depositar con la misma claridad en los viejos lenguajes religiosos, pero que sigue necesitando de un modo u otro. No es casual, en ese sentido, que Superman haya acabado siendo leído una y otra vez como figura luminosa, como presencia que desciende, ilumina, orienta y sostiene. En él pervive también algo del viejo héroe solar, no solo como potencia física, sino como imagen de claridad en medio de la confusión.

Y si Supergods formula esa intuición de manera ensayística, All-Star Superman la encarna narrativamente: allí Superman aparece ya no solo como personaje, sino como cifra luminosa del héroe, del sacrificio, de la elevación y de la permanencia del bien en un mundo frágil.

Morrison no explica de dónde viene Superman; muestra, más bien, todo lo que el mito ha llegado a contener. Superman aparece así como un mito acumulativo: mosaico en su origen, cristológico en buena parte de su recepción, humanizado por Byrne, tensionado moralmente por Snyder y Aaron, y elevado por Morrison al rango de arquetipo moderno.

Necesitamos símbolos porque seguimos necesitando orientación

Superman no es solo un eco de Moisés ni solo una figura cristológica posterior. Es un mito moderno en permanente relectura. Y esa relectura dice mucho de nuestra época.

Hemos abandonado en gran medida la religión tradicional, pero no la necesidad de orientación y de orden. Por eso seguimos necesitando símbolos y rituales. Por eso la polarización política se parece cada vez más a un conflicto religioso trasladado a otro terreno. Y por eso seguimos celebrando, aunque sea inconscientemente, ciclos como la Navidad o la Semana Santa, que siguen orbitando alrededor de los viejos ritmos del mundo: equinoccios y solsticios, luz y sombra, siembra y cosecha, caída y redención. Muerte y retorno.

Nuestro mundo sigue delimitado por esos cuatro cantos del año, y nosotros seguimos circulando por ellos, estación tras estación: preparando la tierra para nuevas ideas y sembrándolas en primavera, fortaleciéndonos en verano, cosechando nuestro esfuerzo en otoño y recogiendo y disfrutando los frutos de nuestro esfuerzo en el invierno.

Y ese movimiento no solo se da en el año, sino también en cada uno de nuestros días: esto es un hecho tanto en el hombre como ser humano como en el hombre como humanidad.

¿Quién es, realmente, el héroe?

Debo confesar que muchas veces me pregunto si vale la pena seguir ayudando, seguir aportando aunque sean unos pocos euros al mes a organizaciones que sostienen proyectos que construyen escuelas, hospitales o alimentan a quien pasa hambre, cuando luego todo ese esfuerzo puede ser destruido de un plumazo por la inconsciencia, la crueldad o la voluntad de poder de determinados líderes, que no son sino expresiones visibles de nuestra ignorancia colectiva.

Entonces es cuando me pregunto: ¿Qué haría un Cristo? ¿Qué haría un Moisés? ¿Qué haría un Buda? ¿Qué haría un Francisco de Asís?

Y la respuesta no tarda en venir.

Y quizá ahí resida no solo una de las intuiciones más hondas del mito, sino el significado mismo de la condición humana: no esperar que alguien descienda del cielo para resolverlo todo, sino comprender que toda verdadera Luz, por muy pequeña que sea, tiene la capacidad de deshacer una gran porción de la Oscuridad.

Superman, en su mejor versión, no nos invita solo a contemplar un salvador exterior. Nos recuerda también que el potencial de compasión, de bondad, de paciencia y de valentía está ya sembrado en nosotros. Que podemos ser héroes en nuestro trabajo, en nuestro arte, en nuestras ideas, en nuestro cuidado de los otros, en nuestro voluntariado y en nuestra capacidad de no abandonar el Bien cuando el mundo parece empeñado en destruirlo.

No para salvar el mundo entero, sino para no dejar en sombras la parte del mundo que nos corresponde iluminar.

Buena Semana Santa y buenas lecturas a todos.
Paz… ¡Shalom!

Deja un comentario

Por favor, escribe tu comentario aquí
Por favor, escribe tu nombre aquí

He leído y acepto el Aviso Legal y la Política de Privacidad *

Información básica sobre Protección de Datos:
Responsable: Comiverso, blog de comics
Finalidad: Gestionar los comentarios
Legitimación: Tu consentimiento 
Destinatarios: No se cederán datos a terceros, salvo autorización expresa u obligación legal.
Derechos: Entre otros, a acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.