Reseña de Cómic
The Department of Truth de James Tynion IV y Martin Simmonds

Humberto da Silva
@humdasilva
www.humbertodasilva.com


Editorial: Image Comics
Guion: James Tynion IV
Dibujo: Martin Simmonds
Formato comicbook americano

$3,99 US

Portada de The Department of Truth

El pasado 6 de enero, Estados Unidos y el mundo vivieron algunas horas de difícil digestión. Me refiero al asalto al Capitolio de los Estados Unidos, cuando partidarios del entonces presidente Donald Trump irrumpieron en la sede del Congreso, violando su seguridad y ocupando partes del edificio durante varias horas.

El suceso interrumpió una sesión conjunta del poder legislativo para contar el voto del Colegio Electoral y certificar la victoria de Joe Biden en las elecciones presidenciales de 2020. Los factores que condujeron a ese escenario son muchos y no fáciles de resumir y reunir en un análisis breve.

The Department of Truth, portada alternativa

The Department of Truth es una obra que llama la atención del lector ante el poder de las historias, mitos y leyendas, el poder de la palabra escrita y/o hablada, el poder de las llamadas “fake news” y, sobre todo, el poder de las imágenes. Es un cómic que abre nuestros ojos y nuestra consciencia ante fenómenos como la auto-motivación, el auto-convencimiento, el efecto placebo, las arengas militares, los discursos de los “líderes”, la programación neuro-linguística, el hipnotismo o la histeria colectiva o mismo la “fe”.

Tynion IV (Batman, Hay Algo Matando Niños) utiliza magistralmente conceptos del esoterismo occidental y oriental, tales como las ideas de que “el Universo es mental” o de que un pensamiento vivificado por nuestra atención y sostenido en el tiempo —principalmente si lo es por un gran número de personas— acaba por materializarse en el plano físico o, quizás el más importante de todos: “los pensamientos son imágenes”.

Además, consigue integrar con acierto en la trama a los grupos de intereses y poder, responsables de esas premisas que, por otro lado, parecen generadas espontáneamente. No obstante, queda muy claro que tales premisas están perfectamente diseñadas para lograr los fines y propósitos de dichos grupos. El autor también acierta en colocar sobre el tablero la existencia de otros grupos o fuerzas antagonistas que no sólo buscan contrarrestar los esfuerzos de los primeros, sino que también nos enseña cómo ellos también trabajan por crear “un ambiente mental” favorable a sus propios intereses. En este punto, el lector más atento puede llegar a cuestionarse si aquellas ideas que reconoce como suyas, realmente lo son o si, por otro lado, son ideas “plantadas” en su mente.

Sí, porque ¿Cuántas veces, a lo largo de la historia, se han utilizado mentiras prefabricadas con el único propósito de distraer a una población, centrando su atención en un enemigo común o un conjunto de ideales, para así conseguir que personas cuerdas, de repente, se comporten como un rebaño de lunáticos? ¿No es cierto que, donde no había nada, de repente, surgen problemas, peligros y crisis?

Se dice que hay que ver para creer pero, ¿Podríamos afirmar también que hay que creer para ver?

El Comunismo y la Guerra Fría, la Crisis del Petróleo, la Amenaza Nuclear, el Terrorismo Islámico, el Peligro Chino y el de su Virus… ¿Nos damos cuenta de cómo la política y los medios de comunicación nos manipulan, inyectando el miedo en nuestras mentes y corazones?

Las personas que participaron en los eventos acaecidos el pasado enero comparten una especie de “territorio” que les es común, una serie de creencias que circulan por Internet y que vienen a conformar un corpus conocido, de manera generalizada, como la Teoría de la Conspiración.

La práctica totalidad de aquellas personas creen que existe una secta satánica auspiciada por miembros del partido demócrata que rapta niños para devorarlos y violarlos en macabros rituales. Creen que el virus del Covid es una plan de China —o de los “dueños del mundo”, aquí no hay mucho consenso— para dominar al mundo. Creen que Bill Gates tiene un plan demoníaco que consiste en financiar la creación de vacunas para instalarnos un microchip que se activará con la tecnología 5G, la cual identifican con China por una combinación y carambolas de ignorancia y lecturas diagonales. Algunos de ellos creen que la Tierra es plana sólo porque es una posición claramente anti-científica y, de esta forma, creen que están plantando cara al ateísmo de algunos científicos y trabajando “por la obra de Dios”. En fin, y más cosas que casi no cabrían en este espacio.

El espíritu humano parece traer de serie —al menos en algunos casos— una suerte de pensamiento o comportamiento indagador. Es como algo que compartimos y que nos une como especie pero, al mismo tiempo, nos otorga lo que entendemos como individualidad. Y llegar a ser un individuo no deja de ser el sueño legítimo de cualquier ego. Nos permite levantar la mano y decir: “tengo mis opiniones personales”. El problema nace, como bien sabemos, cuando intentan que el Método Científico parezca ser susceptible de opiniones.

En todo caso, dicho comportamiento tiene sus aspectos positivos y negativos. Por un lado, es innegable la importancia del constante cuestionamiento en nuestra evolución como especie. Sin esa propensión a cuestionarnos todo, no hubiésemos bajado del árbol ni nuestros ancestros los peces hubiesen abandonado la charca donde vivían en la búsqueda de una vida mejor. Por otro lado, nos puede conducir a auténticos callejones sin salida.

Quizás, dicha necesidad tenga que ver con las limitaciones y desafíos del Espacio-Tiempo que, inexorablemente, nos devuelven siempre a la casilla de salida cuando, por ejemplo, nos damos cuenta de que nuestra consciencia jamás podrá ser testigo de todo lo que el Universo produjo, produce o producirá. De que somos seres que nos encontramos ante el dilema de que cuanto más sabemos, más conscientes somos de que apenas sabemos nada.

Vivimos en una ilusión de control absoluto, pero la realidad nos abofetea una y otra vez, ridiculizando nuestras ambiciones de poder. Trump y sus seguidores, como todos los nosotros, envejecerán y morirán. No importa cuántos nos debatamos ni el alcance de nuestros berrinches. Seremos pasto de los gusanos. Quizás sea ese miedo, a esa falta de control, de seguridad y de respuestas el origen de dichos comportamientos. O, al menos, del sudor mezclado con tinta capilar de Rudy Giuliani.

Cada uno de esos individuos en el Capitolio, de la misma forma que sus líderes, pero de manera más modesta, necesita dejar su impronta, necesita decir que estuvo allí, que participó en algo grande y que su vida importaba y fue decisiva. Necesita dejar muy claro que nadie le engaña con su verborrea científica, su cultura e intelectualidad de izquierdas, su ateísmo arrogante, etc. Y aquí, abro paréntesis porque aún que todo este movimiento parezca algo exclusivo de la extrema derecha, uno puede encontrarse con un nutrido grupo de hippies, anti-vacunas, pseudo-esoteristas y fauna aledaña que creía firmemente que Trump iba a exponer toda la “verdad” a la luz y que Biden sería encarcelado al día siguiente. En definitiva, una tragicomedia que cumple a rajatabla el axioma: “Dios los hace, ellos se juntan.”

Y os estaréis preguntando ahora: ¿Por qué este tipo nos está metiendo todo este rollo para hablar de un cómic? Pues, simplemente, porque The Department of Truth va de todo esto y mucho más. Porque va de un departamento “de la Verdad” que actúa de forma independiente —y, según se mire, de forma antidemocrática— al Gobierno americano, dedicándose a vigilar y a tener bajo control no sólo a estos citados grupos sino también —y eso es lo más importante—, de que esas “fake news” y esas teorías “conspiranoicas” continúen a ser lo que son: irreales y falsas.

Sí. Porque el personal del “departamento” comprende perfectamente que una “mentira repetida” en la medida y forma adecuadas, puede volverse real y materializarse, borrando y substituyendo la “verdad” a la que se opone.

Y, por eso, estamos ante una idea genial de James Tynion IV. Porque ha logrado juntar las ideas conspiranoicas sobre asesinato de Kennedy, la llegada del hombre a la Luna, o las teorías de la Tierra plana y darle un sentido muy “real” y asumible, utilizando para ello otras teorías esotéricas como el poder del pensamiento y la influencia de la mente sobre la materia, aderezando la trama con hechos y dichos conocidos dentro del mundillo esotérico como la célebre frase: “Up is down and down is up”, sacada de Alice in Wonderland o mismo utilizando elementos visuales como el pentagrama trazado en el plano urbano de Washington lo cual hace que todo el conjunto funcione como un reloj.

En la historia conocemos a Cole Turner, nuestro protagonista, quien trabaja para el FBI como profesor en Quantico. Además de dar clases, estudia el comportamiento de la derecha blanca nacionalista en Internet y su relación con y las Teorías de la Conspiración.

Para ampliar sus estudios e investigaciones, decide acudir a una conferencia organizada por la Sociedad de la Tierra Plana. Allí es reconocido por la cúpula responsable del evento e invitado a una exclusiva “excursión” en avión para ir a ver “la verdad” por sí mismo. Una invitación a la que no puede negarse.

Lo que sus ojos llegan a presenciar al final de algunas horas de vuelo le dejan asombrado. Acaba de ver algo imposible desde un punto de vista científico con sus propios ojos. Es en este punto además, cuando conoce a una enigmática mujer vestida de rojo que será unos de los ejes misteriosos de la serie. Como es lógico, regresa del viaje completamente aturdido y no tarda mucho en ser interceptado por una agente que él cree es del FBI. Pero, en realidad, todo lo que está viviendo en esas últimas horas sobrepasa en mucho lo que él conoce. Esta mujer no es una agente del FBI. De hecho, la agencia a la que pertenece le es completamente desconocida. Cole acaba de ser contactado por el “Departamento de la Verdad.”

La primera grapa de esta serie es realmente alucinante. Un viaje no apto para cerebros tiernos y que puede exigir más de una relectura. No tengamos vergüenza y hagámosla pues captaremos más sutilizas en esta obra que es una auténtica gozada para los amantes de las tramas políticas, de las verdades ocultas y de las prefabricadas. Un viaje freak a lo más freak de las teorías de la conspiración y que, bajo mi punto de vista, decae un poco al final del arco pero que aún así, conserva un buen nivel y, sobre todo, un gran potencial.

En el apartado artístico, Martin Simmonds logra imponer una marca característica en la obra, impregnándola de elementos que sólo serán conocidos y reconocidos por algunos, aumentando el interés de la misma también desde su argumentación gráfica y visual. La obra funciona muy bien con el arte de Simmonds, hasta el punto en que uno la echa en falta en los números 6 y 7, para volver a disfrutarla en el número 8.

Comentar finalmente que hay rumores sobre una posible serie, una posible película o a saber qué. Igual es todo un fake news originado —¿a propósito?— por Todd McFarlane. Lo único que está claro es que esto hay que leerlo sí o sí, señores.

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